La eutanasia es etimológicamente la buena muerte y en el mundo civilizado la muerte ha pasado a ser la última enfermedad y motivo casi siempre de asistencia médica profesional.
Se tiende a la práctica de la medicina basada en la evidencia y ello implica la aplicación de protocolos según los datos obtenidos de los diferentes estudios clínicos.
Podría parecer por ello que el futuro de la medicina se basará en directrices informatizadas sobre cual es la mejor decisión a tomar con el paciente. Nada más lejos de la realidad. La praxis médica está salpicada de decisiones que tienen que ser tomadas individualmente.
La habilidad del razonamiento y la experiencia, siempre ayudadas por buenos conocimientos y el respeto a las preferencias de cada paciente seguirán siendo los pilares del ejercicio profesional del médico.
¿Existe una verdadera necesidad de regular la eutanasia?
La sociedad polemiza cíclicamente acerca de la eutanasia. Los medios de comunicación airean casos extremos en los que los deseos de un enfermo o sus representantes se enfrentan a las leyes vigentes.
Respecto a estos casos sería interesante reflexionar por qué no hay miles de ejemplos polémicos, siendo la muerte como es, un fenómeno tan cotidiano. Lo cierto es que la responsabilidad profesional del médico, con su componente de ciencia médica y el no menos importante de arte de la medicina, resuelven de forma eficaz los conflictos sin demasiados problemas y desde tiempo inmemorial.
La legislación al respecto del problema de la eutanasia podría contribuir a aclarar algún caso raro, pero en la práctica no supondría una racionalidad mayor que la que ya se aplica en el abordaje de la muerte como fenómeno individual y de características irrepetibles en cada sujeto.
Eutanasia y decisión en las intervenciones de soporte vital
Un ejemplo de lo que ya se aplica sin necesidad de leyes nuevas sobre la eutanasia son las decisiones sobre cómo y cuando intervenir en el soporte vital a un enfermo. El soporte vital lo constituyen todos aquellos medios que se aplican para mantener las constantes vitales y la vida, para conseguir un tiempo en el que la previsión es que el enfermo reaccione o las técnicas sanen.
En general cualquier intervención puede anularse si las cargas para el paciente tienen mayor peso que beneficio. Con ello nos referimos tanto a las medidas extraordinarias como cirugía, ventilación mecánica o diálisis, como a las ordinarias (alimentación por sonda, líquidos intravenosos o antibióticos).
La denegación y retirada de intervenciones deben tener la misma consideración, aunque es verdad que muchos profesionales mantienen las actuaciones ordinarias aunque ya no estén indicadas en el moribundo.
Las órdenes de no reanimar son otra realidad existente. Cuando un enfermo sufre una parada puede volver a la vida si se instauran las maniobras de resucitación, pero si la resucitación se aplica a pacientes terminales lo que se estaría haciendo es interrumpir una muerte en paz.
La orden de “no reanimar” se incluye en las instrucciones de tratamiento de los pacientes en los que la reanimación se considera inútil.
Suicidio asistido y eutanasia activa
Es quizá en este punto donde la controversia social está más viva, ya que existen partidarios de respetar la decisión suicida de un paciente competente en estado terminal y que piensan que el apoyo material debe darlo el médico.
Al mismo tiempo existen los que piensan que la vida es sagrada y que el sufrimiento que hace al enfermo desear morir puede ser aliviado. En este sentido los opositores a la legalización de la eutanasia activa opinan que los abusos son inevitables y que la misión del médico no es matar o asistir el suicidio.
La postura más generalizada entre los médicos es que se debe contestar al enfermo con rigor y con compasión. Cualquier síntoma doloroso debe ser tratado enérgicamente, así como los síntomas depresivos o la pérdida de control. La experiencia muestra continuamente que esta actitud puede hacer que los enfermos terminales retiren sus peticiones de suicidio asistido.
Por otra parte es muy frecuente que los médicos tengan que emplear fármacos depresores potentes del sistema nervioso central para controlar el dolor intenso o la disnea o falta de aire angustiante del enfermo terminal. Es bien sabido que estos fármacos acortan la vida porque producen sedación del centro respiratorio.
El alivio del enfermo justifica estas acciones que los médicos tomamos a diario y ninguna legislación nueva puede regular mejor que la propia ética médica y el código deontológico.
La sociedad puede sentir la necesidad de que se regulen legalmente ciertos aspectos sobre la eutanasia, pero la mayoría de los casos se solucionan a diario, teniendo en cuenta la diversidad de actitudes ante la muerte que tenemos los seres humanos.
Conclusión
Los casos polémicos que llegan a los medios de comunicación son el resultado de una mala praxis médica o quizá del deseo de notoriedad o reivindicación de grupos que aprovechan la desesperación de los enfermos para defender sus ideas.
Los casos polémicos que llegan a los medios de comunicación son el resultado de una mala praxis médica o quizá del deseo de notoriedad o reivindicación de grupos que aprovechan la desesperación de los enfermos para defender sus ideas.
El exceso de tecnificación y el desarraigo de los enfermos terminales, que a veces no reciben apoyo a su sufrimiento psicológico, puede llenar los periódicos de casos patéticos de personas condenadas que desean quitarse la vida con ayuda del médico.
Por suerte la mayoría de las veces una buena actuación médica logra una muerte en paz. No sabemos si regular legalmente las acciones que rodean a la muerte será una conquista loable o por el contrario una cincha que restrinja algo que ya se está realizando desde hace siglos con notable eficacia y discreción.

